Sumar para transformar. Apuntes para fortalecer el trabajo en red

Valeria Méndez de Vigo (@vmendezdevigo) responsable del Departamento de Estudios e Incidencia de Entreculturas

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No hay artículo, conferencia o discurso hoy día que no destaque la importancia del trabajo en red. Y es que, efectivamente, para afrontar los retos globales del mundo de hoy- como las crisis humanitarias, las migraciones, el cambio climático, la desigualdad o la educación- se hace imprescindible contar con amplias coaliciones de la sociedad civil, en muchas ocasiones situadas en diferentes lugares del mundo, que puedan unir sus fuerzas para afrontar los cambios. Es evidente que las tecnologías facilitan- y lo harán en el futuro en mayor medida- la posibilidad de comunicación en tiempo real y de acciones conjuntas. En otro post he mencionado algunas claves de éxito para el trabajo en red. Aquí quiero referirme a algunos de los valores, actitudes, liderazgos y estructuras sobre las que debe fundamentarse:

La generosidad y la altura de miras. La actitud que debe primar es la generosidad y una cierta altura de miras, una visión amplia y de largo plazo. El trabajo en red requiere un horizonte misional común y, aunque debe haber equilibrios entre los lo que se pone en juego y lo que se recibe, la actitud de generosidad, de ideal en torno al que aglutinar voluntades, motivaciones, recursos y acciones es fundamental, como opuesto al mero cálculo de la rentabilidad, la competición entre personas y organizaciones o la lucha por el poder o el reconocimiento.

El horizonte de un objetivo común alineado con la misión. Muy ligado a esto, hay que trabajar la motivación por la consecución de un objetivo común, alineado con la misión de las organizaciones de la red, que vaya más allá de las agenda o intereses de cada una de ellas. Objetivo común que trasciende y que, por eso mismo, aglutina. Las redes nacen con un para qué y tienen sentido en la medida en que caminan hacia ese horizonte. Cuando el horizonte de la red se alinea con el misional, se llena de sentido, lo que influirá de modo decisivo en la motivación de los miembros. Esto es relevante, porque al final, quienes ponen en marcha sueños, ideas, esfuerzos, horizontes retadores, son las propias personas, apoyadas por sus instituciones

La suma de complementariedades. Hay que creer de verdad que en el trabajo en red se multiplican complementariedades,  conocimientos, capacidades y habilidades, también con la diversidad de sus miembros y que se alcanzan resultados que no se lograrían de manera individual, lo que amplía la escala o el impacto de las acciones. Esto debe trasladarse en resultados tangibles y concretos mayores que los que se alcanzarían de manera individual. El trabajo en red es procesual, pero los hitos, los “productos”, los resultados concretos son indispensables. Hay que reflejar hitos a lo largo del camino y celebrar y evaluar los éxitos.

Establecer relaciones de colaboración basadas en el respeto, la confianza y la coherencia. El trabajo en red debe ser eminentemente colaborativo. La creación de una cultura de la colaboración requiere respeto al otro, confianza, que se construye a base de respeto, coherencia- concordancia entre lo que se dice y lo que se hace- y fiabilidad- cumplir con la palabra dada o el compromiso adquirido-. El respeto y la confianza se basan también en el reconocimiento, en dar a cada uno lo suyo y en la reciprocidad. Colgarse medallas ajenas y no reconocer al otro, los egos y el afán de protagonismo o tener los intereses propios por encima del interés común, daña, de manera irreversible, la confianza y el trabajo colaborativo.

Contar con canales de comunicación abiertos, flexibles, pautados, en la que los miembros puedan expresarse con libertad y transparencia.

Establecer estructuras más abiertas y liderazgos horizontales y compartidos. En la red, las jerarquías se diluyen y flexibilizan. El trabajo en red requiere liderazgos con autenticidad e integridad y coherencia, con la autoridad moral que otorga el compromiso, la voluntad de servicio, las capacidades de aportar y que promuevan la colaboración y la participación entre sus miembros. Son liderazgos basados en la persuasión, la animación y el compromiso, que facilitan la participación y el sentido de pertenencia de la red. Muchas veces son liderazgos compartidos, en las que las relaciones se construyen sobre la confianza, no sobre el control, capaces de arrancar consensos, evitando personalismos y protagonismos organizativos. El trabajo en red requiere estructuras abiertas, horizontales y que transciendan a los organigramas de las instituciones, porque muchas veces sus acciones son transversales, se desarrollan en diferentes lugares del mundo e implican a distintas instancias o departamentos de diferentes instituciones.

El trabajo en red no es sencillo. Pero cuando se produce, sucede la magia: la posibilidad real de escalar las acciones y su impacto. La posibilidad, también, de decir y hacer cosas en comunión con otros/as. Como decía el obispo brasileño Helder Cámara: “Cuando sueñas solo, sólo es un sueño; cuando sueñas con otros, es el comienzo de la realidad”.

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