Desentrañando las controversias de la economía colaborativa

Heloise Buckland, (@heloisebuckland) emprendedora social e investigadora del Instituto de Innovación Social de ESADE. Coautora del libro Nosotros compartimos: ¿Quén gana?

La economía colaborativa está integrada por un conjunto rico y variado de sistemas, plataformas y redes de base tecnológica que facilitan a las personas el acceso compartido a activos, recursos, tiempo y habilidades, y les permiten intercambiar servicios, de una forma más rápida y más barata que nunca. Sin embargo, como sucede con otros muchos aspectos del “progreso” humano, yendo más allá de la mera visión superficial, el retrato que se obtiene no es tan ideal y se observa claramente que hay ganadores y perdedores.

De “lo mío es tuyo” a “lo tuyo es mío”

En 2010, la economía colaborativa experimentó su apogeo, con la publicación de la aclamada obra de Rachel Botsman, Lo mío es tuyo (What’s mine is yours). En ella se ensalzaba el increíble potencial de intercambiar entre iguales la capacidad ociosa y así provocar una economía más horizontal, más democrática y más eficiente en el uso de los recursos, y describía este fenómeno como el cambio de paradigma del siglo xxi. Sin embargo, cinco años más tarde, Tom Slee publicaba Lo tuyo es mío (What´s yours is mine), una descripción detallada de las controvertidas consecuencias de la economía colaborativa, en que unas pocas empresas millonarias han amasado una fortuna a costa de nuestros automóviles, pisos, herramientas y otros recursos que ellas no poseen.

En esta época en que cambian tan rápidamente nuestras formas de vida y de trabajo, y nuestras prácticas de consumo, cada vez resulta más necesario detenerse a reflexionar sobre cómo esta economía colaborativa está incidiendo en aspectos como la distribución de la riqueza, en el rol del estado, en los modelos de empleo, en los derechos de los ciudadanos y, por último, aunque no menos importante, en el medio ambiente.

¿Quién se lleva el dinero?

En la actualidad, existen 17 empresas de economía colaborativa valoradas en más de mil millones de dólares y que, en muchos casos, dominan el sector en que operan. Su riqueza se ha generado basándose en un modelo de cero costes marginales, unas rentabilidades muy atractivas gracias a transacciones con intermediarios comerciales en la nube, entre iguales o, en numerosos casos, de las empresas a los consumidores. Con 2.000 millones de usuarios de teléfonos móviles y 3.500 millones de personas con acceso a internet, no debe sorprender que este sector haya atraído más capital riesgo que todo el sector de las redes sociales. Lamentablemente, su modelo de inversión no es en absoluto innovador, y Morozov, crítico de la economía colaborativa, lo ha descrito como “neoliberalismo con esteroides.”

¿Puede regularse?

Otra cuestión espinosa es qué deberían hacer los gobiernos al respecto. Por una parte, la economía colaborativa es tan efectiva en el intercambio de bienes y servicios que acaso sea menos necesario que el estado proporcione determinados servicios. Veamos, por ejemplo, el caso de BlaBlaCar, la empresa de uso compartido del automóvil más importante de Europa, con 25 millones de usuarios y operaciones en 22 países. Si los conductores y los pasajeros pueden organizarse entre ellos para ir de A a B, quizá el gobierno podría ahorrarse dinero habilitando menos trenes y autobuses. Pero, ¿qué ocurre con quienes no tienen acceso a un teléfono móvil? Acaso el planteamiento más sensato sería integrar el uso compartido del automóvil dentro de las redes públicas de movilidad inteligente.

Por otra parte, los reguladores experimentan la presión de los afectados, que sostienen que es injusto que sus homólogos colaborativos no tengan que pagar licencias o incluso pagar impuestos. Mientras los debates, las directrices y las políticas sobre este asunto se suceden de la Comisión Europea a los foros nacionales sobre economía colaborativa, esta, en muchos casos, sigue viviendo en un limbo fiscal. Airbnb opera en la actualidad en 34.000 ciudades.

¿Emprendedores colaborativos o el nuevo precariado?

Una cuarta parte de la población en edad laboral en Europa es trabajadora autónoma. En este contexto de creciente automatización y reducción de los empleos tradicionales, la economía colaborativa puede ser una gran oportunidad para algunas personas de ganar dinero extra haciendo uso de los recursos ociosos (bicicleta, coche y piso). Sin embargo, el economista Guy Standing describe este nuevo tipo de trabajador como un ¨precariadocaracterizado por una incertidumbre y una inseguridad crónicas¨. Un estudio reciente sobre los autónomos estadounidenses que trabajan en la economía colaborativa ha revelado que dichos trabajadores no confían en este tipo de trabajo como la fuente principal de sus ingresos. Cerca del 60 % señalan que utilizan la economía colaborativa para cubrir menos del 50% de los ingresos familiares, y un tercio indican que no se ven como contratistas independientes durante el resto de sus vidas y quisieran dejarlo al cabo de tres años como máximo. La principal razón que esgrimen para dejar este tipo de trabajo es la paga insuficiente, y su principal causa de insatisfacción es que no hallan suficiente trabajo, seguida de cerca de la dificultad de comprensión de las cuestiones fiscales y legales.

¿Podemos confiar en los big data?

A medida que confiamos cada vez más nuestras vidas a los dispositivos conectados y a las aplicaciones móviles, se plantea la cuestión de qué sucede si todos los datos generados por esta actividad colaborativa van a parar en las manos equivocadas. ¿Los innovadores son capaces de salvaguardar nuestra información? Además, hay más posibilidades de fraude y de sesgo, dada la facilidad que tienen los negocios de emitir valoraciones falsas online en un ciberespacio no regulado.

¿Es buena para el planeta la economía colaborativa?

El uso compartido del automóvil es una de las actividades más positivas en este sentido. Un informe de Zipcar señala que cada coche del club retira 14 coches privados de las carreteras y estima que solo en Londres habrá 1 millón de personas que compartirán coche en 2020. Si bien los datos globales sobre emisiones de gas de efecto invernadero todavía son limitados, existe un amplio consenso de que, en general, el uso compartido del automóvil reduce las emisiones, y la reducción significativa del número de solicitudes para obtener el permiso de conducción en los Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y Australia es otro signo positivo. Sin embargo, si observamos el impacto sobre el medio ambiente de otros aspectos del sector colaborativo, como por ejemplo la economía bajo demanda y just-in-time, en que los bienes son entregados directamente al consumidor, los estudios señalan que la huella ecológica es mucho mayor que en las compras convencionales.

Pese a las múltiples y complejas controversias en torno a la economía colaborativa, afortunadamente existen también numerosas iniciativas colaborativas que buscan genuinamente una forma de vivir, trabajar y consumir más equitativa, participativa y eficiente en el uso de los recursos. Nuestra reciente publicación Nosotros compartimos: Quién gana presenta 10 ejemplos inspiradores como antídoto a este artículo que recomendamos leer.

 

Artículo publicado en El Economista – Suplemento el 16 de enero de 2017

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