¿Por qué lo llaman comunidades cuando quieren decir transacciones?

Amaya Apesteguía, (@AApesteguia) experta en consumo responsable y colaborativo en Organización de consumidores y usuarios (OCU).

El año pasado desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) estudiamos en profundidad el valor del consumo colaborativo entre particulares (P2P) para los usuarios y para la sociedad. El estudio “Collaboration or Business: From value for users to a Society with values”, se realizó en cuatro países, Bélgica, España, Italia y Portugal, junto al grupo de investigación Cibersomosaguas de la UCM y con el apoyo de Ouishare.

En el estudio vimos que los usuarios están encantados con los intercambios que hacen con otros particulares. Preguntamos a 8670 personas sobre su experiencia en el consumo colaborativo y encontramos que aquellos que han intercambiado un alojamiento vacacional, compartido un trayecto en coche o comprado bienes de segunda mano, por citar solo algunas experiencias usuales, tienen un grado de satisfacción muy elevado, por encima del 8 sobre 10, tanto con el funcionamiento y prestaciones de la web como con la experiencia en su conjunto.

El secreto de su éxito: responde mejor que otros modelos a las necesidades de los consumidores.

Las principales motivaciones de los consumidores al elegir el consumo colaborativo son ahorrar o ganar dinero y encontrar opciones que se adapten mejor a sus necesidades. Sin embargo no son las únicas, también encontramos motivaciones relacionadas con los valores personales. Estimular las relaciones económicas y la solidaridad entre particulares es una motivación importante en algunas actividades relacionadas con estilos de vida colaborativos como crowdfunding de recompensas, grupos de compra de alimentos, bancos de tiempo o huertos compartidos, por poner algún ejemplo.

La gran pregunta es si realmente supone un cambio de paradigma económico que consigue crear interacciones entre los usuarios basadas en la colaboración y la confianza, o si está creando falsas expectativas basadas en una comunicación  que exagera su valor social,  rozando el “collaborative washing”. Al igual que las motivaciones de los consumidores son múltiples y complejas, también el ecosistema de plataformas es variado.

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“¿Consigue crear interacciones entre los usuarios basadas en la colaboración y la confianza, o se están creando falsas expectativas basadas en una comunicación que exagera su valor social, rozando el collaborative washing?’’

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Para saber de qué forma las plataformas organizan y facilitan la interacción social entre sus usuarios, realizamos un análisis del diseño y las funciones de 70 plataformas que operan en los cuatro países del estudio a través de un protocolo netnográfico y un análisis factorial. Las puntuaciones obtenidas en los cuatro grandes parámetros analizados (usabilidad&funcionalidad, confianza&reputación virtual, reglas de uso para los usuarios, y huella social en la comunidad) dibujan tres grupos con el siguiente reparto para el total de las plataformas analizadas en los cuatro países:

  • Redes: 46% de las plataformas están orientadas a la conexión de usuarios en redes de relaciones basadas en intereses comunes y en su reputación virtual. A menudo internacionales y muy bien diseñadas, son las que mejores puntuaciones consiguen en todos los  criterios salvo en comunidad. Encontramos a gigantes como Airbnb, plataformas muy bien diseñadas como Time Republik, o que consiguen generar confianza entre sus usuarios como Blablacar. También tenemos en esta categoría plataformas de crowdfunding como Ulule o Verkami.
  • Transacción: 28% de las plataformas están orientadas a la transacción, a facilitar intercambios prácticos entre sus usuarios. Son modelos que se basan en poner en contacto oferta y demanda. Aquí encontramos varias plataformas de diseño sencillo pero útiles para conectar a la gente, como Creciclando, para intercambiar cositas para niños, Amovens para carpooling, o  Segundamano.
  • Comunidades: 26% de las plataformas estudiadas están orientadas a la comunidad y se plantean objetivos como mejorar la cohesión social o promover hábitos de consumo más sostenibles que hagan posible una economía de colaboración. Italia y Bélgica tienen más plataformas en este grupo que en España, donde solo un 10% de las plataformas se encuentran en esta categoría.


Los resultados del análisis netnográfico muestran que el equilibrio entre negocio y colaboración varía mucho de una plataforma a otra, incluso dentro del mismo sector. La clave es si tienen un enfoque únicamente utilitario (proporcionar servicios a los usuarios en un entorno seguro) o si tienen una misión y orientación hacia la comunidad, con intención de crear una nueva economía donde los valores de colaborar y compartir sean clave.

Hay pocas dudas de que el consumo colaborativo va a seguir creciendo. Bajo este “nombre paraguas” se agrupan actividades completamente diferentes o incluso antagónicas, no es lo mismo una comunidad, que una red de usuarios independientes o una aséptica transacción. Todas tienen valor para el usuario, pero no aportan lo mismo a la sociedad. Frente a las grandes plataformas tecnológicas “cheap&fast” basadas en reducir el coste de la transacción manteniendo la propiedad de la tecnología y el capital, hay un movimiento ciudadano muy fuerte para reinventar la economía social desde las fortalezas del consumo colaborativo: escala, conveniencia y economía entre iguales.

¿Quieres conocer hasta qué punto el movimiento colaborativo es un aliado o un obstáculo para los objetivos de la innovación social? Inscríbete al acto Economía colaborativa: entre las controversias y el impacto social. 

 

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