Tú también serás autónomo

David Murillo Bonvehí (@davidmurillob),  profesor de ESADE y del Instituto de Innovación Social.

Hace un par de meses apareció un artículo interesante en la revista de OuiShare con el título La economía colaborativa se acabó. Para los que no estén al caso, OuiShare es una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es promover una comunidad de ciudadanos globales, instituciones públicas y empresas que posibilite que las personas tengan acceso a los recursos y oportunidades que éstas necesitan para prosperar. Su web dice: “Creemos que una economía basada en los principios comunitarios tales como el intercambio, la colaboración y la transparencia puede resolver muchos de los complejos desafíos que enfrenta el mundo”. En el artículo, Arthur de Grave, autoproclamado postcapitalista y editor en jefe de la edición francesa de la revista, aseguraba lo que unos cuantos ya imaginábamos. La economía colaborativa con su ideología amable e inofensiva del compartir sirve de tapadera grosera de las estrategias de adquisición y de expansión de las plataformas californianas de internet. Con mucha música de violín, eso sí, por parte de los predicadores de la revolución tecnológica, medios de comunicación y empresas que se benefician directamente de esta confusión. En el epicentro de la crítica situaba el hecho de descansar de manera masiva en trabajo no asalariado. Es lo de Uber, la compañía de taxis más grande del mundo, no tiene vehículo propio. O Airbnb, la empresa de alojamiento más grande, no tiene ningún inmueble. La economía colaborativa no es otra cosa, pues, que un modo de organización del trabajo inédito y masivo que descansa en trabajo poco o nada retribuido.

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“La economía colaborativa descansa de manera masiva en trabajo no asalariado’’

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El artículo distingue tres tipos de trabajo generado. Uno. El digital o proletariado informático (usted y yo) que entra gratis información a las plataformas para que otros (Facebook, Vuze, TripAdvisor) comercialicen con ella. Dos. El trabajo amateur canjeado al modo de banco del tiempo, bastante más minoritario. Y tres. El trabajo autónomo, resultado del proceso de digitalización y automatización de la nueva economía, que no hace más que sustituir trabajo estable para autoempleo. La desaparición del trabajo estable por cuenta ajena supone el desafío intelectual y político más grande de nuestros tiempos, sostiene. Y las evidencias se acumulan. Mary Elliott, conductora de Uber en Detroit, aseguraba hace unos días en su cuenta de Twitter que hacía 2,8 euros la hora. Amazon contrata ahora jubilados y parados para transcribir fotos de recibos de supermercado en el ordenador, a 8 céntimos el ticket. Mientras tanto, la población de EEUU que genera ingresos a través de estas plataformas se duplica cada año.

Otro francés, Michel Houellebecq, en Las partículas elementales, sostenía que no hay moda venida de EEUU que no haya conseguido inundar Europa Occidental unos años más tarde. Él hablaba de la cirugía estética, pero aplicada a la economía colaborativa la afirmación aguanta perfectamente el uso de la analogía.

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Artículo publicado en El Punt Avui el 12 de mayo de 2016.

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