Voluntariado en la frontera: enamorarse de lo complejo

Por Franziska Ewald, ESADE MBA Programme Manager.

Me han preguntado muchas veces por qué siento el impulso de marcharme a otro país para ayudar y hacer tareas de voluntariado, cuando quedan tantos problemas por resolver “en casa” –de hecho, me lo he preguntado a mí misma durante mucho tiempo.

¿Hay un cierto componente egoísta en el voluntariado, al sentirse bien ayudando a niños sonrientes en un país tropical y en compañía de gente hospitalaria? Como bien se explica en este artículo, deberíamos ir a otros países a ayudar no porque nos hayamos sentido seducidos por problemas que parecen fáciles de resolver, sino porque nos hemos enamorado de la complejidad.

Hallé una respuesta para mí personalmente durante un voluntariado en la frontera entre Tailandia y Birmania, cuando dediqué tiempo y esfuerzos a dar clases de inglés a un grupo de jóvenes birmanos en Mae Sot… y me enamoré de la complejidad de la frontera. A pesar de que el contexto pueda parecer idílico a primera vista, requiere un proceso de adaptación a nuevas culturas, a idiomas y costumbres diferentes (¡porque hay muchas etnias conviviendo en aquella zona!), y tener una mente abierta para enfrentarse a un contexto tan complejo como el de las fronteras. Allí no existen soluciones fáciles y conviven personas muy diversas, con distintas intenciones, en infinitas tonalidades entre lo bueno y lo malo.

Después de estar en Birmania (Myanmar) en 2012, sentí la necesidad de involucrarme y aportar algo, ya que me tocó la fibra ver que la gente era tan abierta y hospitalaria con los extranjeros, a pesar de haber vivido medio siglo oprimida por las dictaduras y huyendo de conflictos étnicos armados en varios estados del país. Como se puede ver en las noticias de cada día, las personas huyen de sus hogares cuando presencian violaciones continuas de sus derechos fundamentales, y van a buscar oportunidades de trabajo y nuevas perspectivas educativas para sus hijos. Es mucha la gente que arriesga su vida para huir de un ambiente inseguro e inestable.

Pude ver como cada día cientos de personas cruzaban la frontera entre Myanmar (Birmania) y Tailandia en la confluencia entre Mae Sot y Myawaddy por múltiples razones, de forma rutinaria o como medida de último recurso, huyendo de los conflictos persistentes en su región. Mientras que algunos migrantes solo se desplazan de forma temporal e incluso recurrente, otros huyen de forma permanente y acaban recalando, por ejemplo, en uno de los nueve campamentos de refugiados que hay en Tailandia y Myanmar, uniéndose a las más de 100.000 personas que ya viven allí.

Sin embargo, conviene saber que no todos los migrantes y refugiados terminan necesariamente en las “zonas de refugio temporal”, como se denomina a los campos de refugiados en Tailandia, ya que el país no ha firmado la Convención de Refugiados de la ONU. Gran parte de la población refugiada vive en comunidades a lo largo de la frontera, a menudo en condiciones precarias, sin electricidad, sin drenaje y sin acceso a los servicios sanitarios o a la educación. La población de estas comunidades es particularmente vulnerable a la explotación y a la trata de personas, porque a menudo no posee ni siquiera documentos de identidad. Así, una simple visita al hospital situado a 40 km de distancia puede convertirse en una odisea de incertidumbre, mientras que, como extranjeros, los europeos no tienen preocupación alguna para hacer el trayecto en autobús.

Cuando la pobreza es tan extrema, los niños se convierten en el eslabón más débil y se enfrentan a las consecuencias del hambre, el abuso y el abandono –a veces, los padres toman incluso la difícil decisión de dejar a su hijo en un orfanato cuando ya no le pueden proporcionar alimentos o refugio.

Con mucha suerte, los niños abandonados serán acogidos en un orfanato, que se convertirá en su nuevo hogar y allí convivirán con sus nuevos hermanos y con unos pocos adultos –así pues, las “casas seguras” y los orfanatos en esta zona son mucho más que meros refugios, pues les protegen también de la explotación y del abuso.

Gracias a las ONG que trabajan en Mae Sot, como Colabora Birmania, estos niños en situaciones tan vulnerables tienen la oportunidad de hallar una nueva vida, más segura, con una gran familia, se aseguran una dieta estable y equilibrada, pueden ir a la escuela regularmente y vivir una infancia de verdad.

Una de las cosas que más me hicieron pensar es que, con una suma de dinero equivalente al precio de un café en Barcelona, se puede proporcionar a un niño de la frontera birmana almuerzo en la escuela durante una semana entera. En muchos casos, esta comida diaria es el único alimento que esos niños tienen. Y, por si esto fuera poco, esta comida proporcionada por las ONG es para ellos más que su nutrición: a menudo es la razón principal por la cual los niños desplazados van a la escuela, ya que sus familias son demasiado pobres para proporcionarles dicha comida.

El ansia increíble por la educación de los niños y jóvenes que viven en esta zona fronteriza es otro de los hechos que más me han impresionado. Se comprometen totalmente y dedican sus mayores esfuerzos para poder asistir a la escuela, aunque para ello tengan que recorrer cada día varias horas a pie, trabajar duro en un centro de formación profesional para obtener formación o vivir alejados de sus familias a edades muy tempranas –los esfuerzos y sacrificios que hacen son increíbles.

Estos niños son ejemplos inspiradores. Creyendo en la bondad de las personas, con el apoyo de los demás y, sobre todo, con mucho esfuerzo propio, son capaces de lograr una vida mejor. Su sentido de la comunidad y de la solidaridad es increíble, y podemos aprender mucho de ellos simplemente teniendo la mente abierta y estando dispuestos a sentarnos a su lado, hablar, jugar o estudiar con ellos.

Aunque desde 2012 Myanmar ha comenzado a reconstruir su panorama político y en noviembre de 2015 celebró sus elecciones más democráticas, quedan muchas preguntas sin respuesta y muchos conflictos siguen tan vivos como antes. Las ONG se están retirando de Mae Sot y de la zona fronteriza para entrar en Myanmar, de modo que cada vez hay menos recursos para la población refugiada que vive en los campamentos y comunidades, cuya situación es cada vez más vulnerable. Los niños que han crecido en el lado tailandés de la frontera deberán enfrentarse a circunstancias aún más difíciles si son repatriados a un país donde nunca han estado y donde las perspectivas de acceso a la educación son todavía más escasas.

Por todo ello, es bueno que seamos más conscientes de lo que está ocurriendo en la frontera entre Tailandia y Myanmar, prestemos atención a la transición democrática que se está llevando a cabo en Myanmar y, sobre todo, apoyemos a las personas que, a pesar de las circunstancias más difíciles, nunca se rinden y siguen trabajando para un futuro mejor para ellos y para sus hijos.

Enamorémonos de la complejidad.

Articulo publicado en el blog de Ideamericas el 10 de Febrero de 2016.

 

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