Apasionados

Josep F. Mària, jesuita y profesor del Instituto de Innovación Social de ESADE.

A finales de marzo nos reunimos una veintena de académicos y profesionales de África, Norteamérica, Europa y Asia para discutir cómo afecta la industria extractiva (mineras, petróleo y gas) en el desarrollo inclusivo y sostenible. Más allá del objeto de estudio, nos unía la pasión por las poblaciones, las personas y los territorios.

Desde la discreción asiática, una investigadora japonesa explicó que en su estancia de cooperación en Ruanda recibía ofertas de minerales para exportar al Japón (Ruanda no tiene minas); con lo que se interesó por la exportación ilegal desde el Este de la RD Congo. Con una empática ironía británica, un consultor de empresas presentó el contraste entre los procesos estandarizados que aplican las empresas en sus relaciones con las comunidades y las formas espontáneas y orales que dichas comunidades utilizan para relacionarse con las empresas.

En una continua mezcla de razonamientos y compasión, un académico keniata y otro norteamericano desgranaron los retos de una empresa que prepara la extracción de petróleo en la zona del lago Turkana, habitada por una tribu nómada.

Desde la aparente serenidad india, un académico del estado de Orissa intentaba entender la posición de ciertas empresas mineras y a la vez la posición de una plataforma de ONGs, que utilizan la música popular y la danza para despertar los apoyos de la población.

Esgrimiendo la serenidad propia del rol de jurista, una activista belga explicaba su tenaz empeño por promover una legislación europea que proteja a las poblaciones de países pobres que sufren debido a minerales de sangre. Habiendo sufrido frío y falta de oxígeno en los Andes peruanos, un académico catalán comparaba los liderazgos en dos comunidades afectadas por la actividad minera que habían gestionado las ayudas recibidas con dos estrategias contrastadas: un nuevo Dickens narrando la Historia de dos comunidades?

Desde la lógica de una consultora empresarial que pasa el 75% de su tiempo viajando por el mundo, una holandesa se emocionaba soñando con poder cuantificar el coste monetario para la empresa de los conflictos generados por la comunidad local: un dinero que la empresa podría invertir en el desarrollo sostenible de dicha comunidad, con lo que todas la partes podrían salir ganando… Ojalá las pasiones animen procesos de escucha profunda, reflexión interdisciplinar y planes de acción viables al servicio de sociedades más justas, humanas y sostenibles.

Artículo publicado el La Vanguardia, el pasado 12 de junio de 2014

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