Ética y empresa: dónde nos situamos?

Josep M. Lozano (@JosepMLozano), profesor del Departamento de Ciencias Sociales de ESADE e investigador sénior en RSE del Instituto de Innovación Social.

Con mi colega Josep Miralles –a quien debo buena parte de lo que presento en este texto- a veces provocamos una especie de juego de identificación. El juego consiste en algo muy sencillo: lanzamos, más que nada por afán de provocar, el supuesto de que, cuando se trata de pensar la relación entre ética y empresa sólo hay cuatro posiciones posibles. Y estas cuatro posiciones se pueden agrupar en parejas. E invitamos a cada cual a situarse en relación a ellas (o a situar algunos ejemplos sacados de los medios de comunicación).

La primera pareja responde a un único patrón. En esta relación, la una niega a la otra, ya sea la empresa a la ética o la ética a la empresa.

En primer lugar, la visión de la empresa que niega a la ética. Ya se sabe, los negocios son los negocios, y la empresa está para obtener beneficios. La empresa es una institución importante para la sociedad (¿cómo sería la vida sin empresas?), y su actuación viene dada por unas reglas del juego que no dependen de ella: si se trata de ética hablemos de las reglas, pero no de los jugadores. Consiguientemente, la ética no es relevante ni pertinente en el ámbito empresarial, que tiene otra lógica. Como me dijo una vez un directivo, “bastantes problemas tengo en la empresa como para que, encima, me tenga que plantear problemas no empresariales”. Los negocios son propiamente amorales, y pretender introducir en ellos la ética es introducir una perturbación innecesaria que, encima, nos distrae de lo que debería ser el foco de la actuación. Además, las que son éticas son las personas, no las empresas. Y la ética personal ni depende de las empresas ni es un asunto de las empresas.

En segundo lugar, la visión de la ética que niega a la empresa. El purista que identifica la ética con una norma o un valor absoluto (¿rígido e innegociable?), y ya se sabe que no hay realidad que resista la comparación con un valor (o con una fantasía). Es una especie de pensamiento único al revés, según el cual la empresa es intrínsecamente perversa, y que está convencido de que, si se encuentran atisbos éticos en ella, es pese a la empresa y debido a que en todas partes hay buena gente. Pero, en fin, la probabilidad de encontrar criterios éticos en la empresa es proporcional a la distancia de la cúpula jerárquica. La empresa se mueve sólo por el interés y la ética no puede mezclarse con los intereses: o lo uno, o lo otro.

La otra pareja afirma que ambas son importantes. Pero…

En la tercera visión ambas se afirman como importantes, pero incompatibles. De lo que se trata es de que vayan en paralelo, pero con tal de que no se interfieran mutuamente: su relación es como la del agua y el aceite, pueden ir juntos en el mismo recipiente, pero sin mezclarse. La empresa proporciona bienes y servicios necesarios, pero sometida a la lógica del mercado. La ética es necesaria para construir una sociedad humana y no puede ser objeto de negociación. La ética puede impulsar la acción social de la empresa o iniciativas filantrópicas, pero claramente separadas –incluso, si es posible, organizativamente- de la actividad ordinaria de la compañía. Y un directivo puede tener compromisos sociales o apoyar determinadas causas, y es bueno y deseable que lo haga, pero no cuando ocupa el sillón por el que le pagan.

Finalmente, la cuarta visión afirma la importancia de ambas, pero también una voluntad de integración. Dicha integración no es el resultado de una coincidencia espontánea, sino de una construcción deliberada. Las empresas tienen márgenes de maniobra y pueden reconocer –y asumir- conscientemente los valores con los que se identifican, puesto que en todo lo que hacen hay valores en juego, lo sepan o no. La ética no se justifica porque es o puede ser rentable, sino por sí misma, pero no es inteligible fuera de contexto. Y una empresa no se valora ni se justifica exclusivamente a partir de cifras. En cualquier caso, no son aceptables ni un discurso empresarial ni un discurso ético autosuficientes. Porque no hay empresa sin valores, ni tiene sentido un discurso ético fuera de cualquier contexto. De lo que se trata, pues, es de integrar cotidianamente valores, contextos y prácticas.

Ya reconozco que es una simplificación. Pero, pese a todo: ¿reconocemos a quién se sitúa en cada postura? Porque aunque diferentes personas se sitúen en diferentes posturas, lo relevante es que el diálogo entre todas elles depende, tanto o más que del contenido, de la posición desde la que hablen.

 

Artículo publicado en el blog Persona, Empresa y Sociedad, de Josep M. Lozano, el 14/04/2014.

Más artículos de Josep M. Lozano: http://innovacionsocial.esadeblogs.com/?s=lozano

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