Vivier bien, obrar bien

Josep M. Lozano, (@JosepMLozano) Profesor del Departamento de Ciencias Sociales de ESADE e investigador sénior en RSE del Instituto de Innovación Social.

Alguna vez me he imaginado iniciando un debate en alguna de mis sesiones proponiendo a quienes estuviéramos allí intentando (des)aprender algo completar –sin pensarlo mucho, a bote pronto- la frase “vivir bien y obrar bien es…”. La verdad es que me lo he imaginado, pero todavía no lo he hecho, aunque creo que podría dar bastante de sí un diálogo a partir del conjunto de respuestas que pudiéramos recoger. Pero no lo he hecho (esto y otras cosas que me han pasado por la cabeza) entre otras razones porque cada vez más pienso que es una equivocación pedirle a la gente sus respuestas sin haberles invitado antes a indagar cuáles son sus propias preguntas. Una de las cosas que más me incomodan de la manera establecida de entender la educación es lo que transmiten los exámenes: que acreditar que uno ha aprendido algo se reduce a contestar preguntas que otro hace. Que de lo que se trata es de tener respuestas, y no de hacer preguntas. Cuando cada vez estoy más convencido de que el auténtico reto de la educación es aprender a hacer(se) buenas preguntas.

Con lo cual también nos perdemos dialogar sobre la manera como completó Aristóteles la frasecita de marras: “vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz“. ¡Toma ya!: es lo mismo, dice Aristóteles. No dice que lo acompaña un sentimiento de felicidad; o que obrar bien es un deber que puede conllevar la felicidad o no; o que la felicidad es la consecuencia o el resultado de… no: dice que es lo mismo. Claro que hoy más de uno también podría contestarme que maldita la falta que nos hace Aristóteles para completar esta frase: ¿no habíamos quedado en que las preguntas personales requieren una respuesta personal? Pues que cada uno diga lo que le parezca y aquí paz y después gloria. Y aquí es donde quería ir a parar, tras este inicio un tanto tortuoso.

Porque a menudo tengo la sensación de que, como nos pasamos el día repitiendo que todo está cambiando y que estamos entrando en un nuevo tipo de sociedad, acabamos generando en muchas personas el sentimiento imperceptible de que acercarse a lo que se dijo en otros tiempos es más que una pérdida de tiempo: que, en último término, es un error. ¡Con la de novedades que nos esperan! Si el lema de nuestro tiempo es cambio, innovación y aceleración, mirar al pasado se convierte casi en sinónimo de pérdida de oportunidades

Y esta me parece la cuestión de fondo que no acabamos de abordar: si de lo que se trata, de verdad, es de gestionar de manera inteligente el conocimiento y el cambio, ¿qué relación debemos establecer con las grandes tradiciones éticas y religiosas de la humanidad? Demos, pues, un paso más: si lo que define nuestro cambio de época es la sociedad del conocimiento y, por consiguiente, el conocimiento como valor, ¿es inteligente ignorar el conocimiento acumulado sobre dimensiones constitutivas de la condición humana? ¿Qué relación debemos establecer con el legado de conocimiento que nos ha dejado la humanidad? Si de lo que se trata, en serio, es de conocimiento, ¿sólo debemos atender al presente y al futuro?

Desde mi punto de vista, un grave problema de fondo que explica muchas resistencias es que en la experiencia vital de muchas personas y grupos hablar de ética y de religión no es hablar de gestión del conocimiento, sino de gestión del sometimiento. Sometimiento a respuestas codificadas, ante las que sólo cabe cuadrarse, obedecer, rebelarse o retirarse. Y a lo mejor de lo que se trata no es de discutir sobre las respuestas, sino de compartir las preguntas y las inquietudes que las originaron. Y de convertir las respuestas heredadas en estímulo, apoyo y referencia para nuestra propia indagación.

Las grandes tradiciones éticas y religiosas fueron creadoras de respuestas porque, ante todo, fueron creadoras de preguntas y fueron creadas a partir de preguntas. Siempre me ha sorprendido la importancia que damos a los que dan con la respuesta o la solución a los problemas, en comparación con la poca importancia que damos a los que plantean las preguntas adecuadas o relevantes. ¿Qué preguntas son hoy irrenunciables para nosotros? ¿Qué nos jugamos si renunciamos a ellas? ¿Cuál es el suelo nutricio en el que arraigarlas y cultivar las respuestas?

“Vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz”. He ahí una oportunidad de conocimiento; de conocimiento activo, no historicista. Entre otras cosas porque el significado de esta frase, sea el que sea, no se expresa en un texto ni en una clase, sino en un itinerario vital.

Vamos, que si de lo que se trata es de tomarnos en serio el conocimiento, a lo mejor llegamos a la conclusión de que, como actitud de fondo, con frases como ésta nos estamos preguntando qué tipo de humanismo es el propio de nuestra época.

Porque también en medio de la vorágine, las incertidumbres y las esperanzas propias de todo momento de cambio todavía conviene completar con un mínimo de autenticidad la frase “vivir bien y obrar bien es lo mismo que…”.

Artículo publicado en el blog Persona, Empresa y Sociedad, el 11/02/2014.

Related posts:

Social Innovation | , ,

Deja un comentario

El email no se publicará

*

*

*

You can use these tags and attributes HTMl: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

*