El papel del sector extractivo en el desarrollo sostenible y la paz en Nigeria: el caso de Royal Dutch Shell

En los últimos años las empresas han venido sufriendo una pérdida de legitimidad y confianza originada por una creciente conciencia social sobre el muchas veces irresponsable comportamiento del sector privado y su correlato, la injusticia social y medioambiental. Simultáneamente, en vista de la capacidad económica de estas empresas y del vacío de gobernanza global y/o local en países con estados fallidos, se exige cada vez más que las empresas multinacionales jueguen un rol (pro-) activo como ‘agentes de beneficio mundial’.

En este contexto, el caso de la petrolera Shell en Nigeria nos permite atisbar la complejidad de este tipo de fenómenos. Por un lado, Shell es pionera en implementar y fomentar la responsabilidad social de la empresa (RSC) en áreas diversas tales como la salud, la educación y la construcción de paz. Por otro, este compromiso de la empresa petrolífera ha sido señalado no por pocos como un ejemplo de cinismo debido a la continua violación de los mismos estándares asumidos por la empresa, así como de derechos humanos y de leyes nacionales e internacionales o los continuos problemas de contaminación del medioambiente derivados de su actividad. Tan sólo en 2011, por ejemplo, la empresa tuvo que hacer frente, en relación con sus operaciones en Nigeria, a la publicación de un informe de Naciones Unidas que la responsabiliza de los gravísimos problemas de contaminación del reino de Ogoniland ; a un juicio en Inglaterra en el que tuvo que admitir su responsabilidad por dos enormes vertidos ocurridos en el 2008 y el 2009 en los pantanos de la zona de Bodo; al peor derrame de petróleo de la década desde una plataforma flotante en el yacimiento de Bonga y con varios comparecimientos ante el parlamento holandés por sus operaciones en el Delta del Níger.

El análisis del caso de Shell y del proceso de construcción de paz en Nigeria muestra toda una problemática de fondo que se puede desglosar en varios puntos. Primero, los programas de RSC de la empresa Shell a nivel micro o de proyecto no han tenido un impacto real en las dinámicas relacionadas con las actividades principales de la empresa (core business) y por lo tanto no han conseguido mejorar el impacto negativo de la explotación de crudo sobre las comunidades locales. De ello se deriva que muchos vean en Shell tan sólo a un agente de distorsión del desarrollo social y político de Nigeria relacionado con la perpetuación de su conflicto.

En segundo lugar, dado que una empresa no opera en el vacío, será necesario introducir cambios importantes si se quiere construir una paz duradera. Los programas de formación y de empleo, así como los proyectos de infraestructuras a gran escala y las acciones para rehabilitar el medioambiente requerirán un compromiso a largo plazo. El conflicto alrededor del control de los recursos – no como asunto meramente económico, sino como proyecto legal, constitucional y político – necesitará acometer temas tales como la corrupción, la reforma de la comisión electoral y la transparencia.

En tercer lugar, la compañía petrolífera deberá repensar radicalmente qué considera una práctica de responsabilidad corporativa y cómo gestionar de forma más efectiva su doble papel de agente económico y político, en un contexto tan complejo y propenso al conflicto como el del Delta del Níger. Shell se ha posicionado en un vacío de gobernanza y ha empezado a actuar en áreas como las de derechos sociales y económicos que tradicionalmente habían sido adscritas como actividades del gobierno. Simultáneamente a ello, se ha comprometido a una autorregulación con el fin de proteger la “licencia social que le permitía operar”. Sin embargo, este paso en la esfera política no ha sido suficientemente integrado y ha conducido a una cierta ambigüedad con respecto a qué papel debe jugar la compañía, no tan sólo respecto a sí misma sino también respecto a otros. Por ejemplo, en 1996, Philip Watts (director ejecutivo de Shell en Nigeria desde 1991 hasta 1994) describió la identidad de Shell como sigue: “Las compañías de Shell no sólo son actores económicos; y, sin embargo, tampoco pueden ser activistas sociales. Su rol se encuentra en algún lugar entre ambos, como corresponde a organizaciones responsables, eficientes y aceptables actuando en un escenario mundial cambiante” (Mitchell, 1998). Como consecuencia, el intento de la compañía de equilibrar entre estos dos tipos de organización – económica y política – su propuesta de construcción de paz, basada en los tres pilares analizados, no sólo es inconstante sino que adolece de integridad. Por lo que atañe a las comunidades, esta ambigüedad y falta de consistencia ha contribuido a la perpetuación del conflicto por dos razones. Por un lado, al propiciar que derechos sociales y económicos y responsabilidades, tanto del sector privado como del público, hayan devenido fluidos hasta el punto de que estas comunidades perciben a las compañías petrolíferas como ‘el único gobierno que conocen’, con la consecuencia que muchas de ellas han empezado a dirigir sus demandas directamente a Shell. Este enfoque unilateral de Shell ha sido problemático por diversas razones: ha minado más si cabe la autoridad del gobierno; el programa de desarrollo no ha sido efectivo básicamente por la insuficiente experiencia de la empresa en este tipo de programas; Shell adolece de legitimidad, ya que formalmente sólo rinde cuentas ante sus accionistas; esta naturaleza politizada de Shell representa un significativo riesgo de negocio (las percepciones de la comunidad pueden volverse difícilmente gestionables e incluso se puede desarrollar una relación de dependencia); y, en último término, promesas y esperanzas incumplidas sólo ayudarán a incrementar las tensiones y conflictos existentes. Para plantar cara a todas estas ineficiencias, Shell ha firmado convenios de colaboración con el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, USAID y Africaire, entre otros. No obstante, mientras que estos convenios han servido para reunir activos complementarios, y en último término mejorar la eficacia y la legitimidad de la agenda de RSE de Shell, la paradoja ‘of want in the midst of plenty’ permanece: “De hecho, es peor” (cita de un activista en el Delta de Níger).

Por: Esther Hennchen
Doctoranda

CSR, Social Innovation | , Deja un comentario Permalink

Qué empresas necesita el mundo? Qué mundo construyen las empresas?

La RSE y la sostenibilidad hoy corren el riesgo de quedar atrapadas en su agenda, en la multitud de temas que cubren. Esto no es malo ni despreciable, sino todo lo contrario. Buena parte de su impacto en la gestión empresarial pasa por desarrollar y seguir desarrollando herramientas prácticas para afinar el tratamiento de todos estos temas. Desde la rendición de cuentas hasta la filantropía, desde el voluntariado corporativo hasta la conciliación, desde la gestión ambiental hasta los requerimientos a la cadena de proveedores, desde las políticas de derechos humanos hasta las políticas de incentivos y los criterios de las carreras profesionales; desde … dejémoslo aquí. Porque al final lo que va resultando cada vez más evidente es que se pueden hacer cambios -y cambios significativos- en muchos de estos ámbitos sin modificar ni un milímetro la mentalidad empresarial, la visión de la empresa y el marco de referencia desde el que se establecen sus prioridades. Dicho de otro modo, es posible una política empresarial que habla de RSE y sostenibilidad que no sea en el fondo más que una agenda adaptada a las nuevas demandas sociales, pero gestionada desde una mentalidad empresarial absolutamente convencional. Por eso el debate de fondo pendiente, a veces bloqueado por la misma retórica de la RSE y la sostenibilidad, es el debate sobre el propósito de la empresa, al servicio de quién está, cuál es su contribución, como se gobierna, como asume los retos que tiene planteados la sociedad y cómo responde. Ya no se trata sólo de cuáles son los impactos y las prácticas empresariales. Se trata de cuál es el lugar y la contribución de la empresa en la nueva sociedad emergente. Que no podrá emerger sin las empresas. Pero que tampoco podrá emerger según cuál sea el modelo de empresa dominante y triunfador.

Por eso una empresa orientada a la RSE y a la sostenibilidad que sólo esté centrada en la agenda acabará perdiendo fuelle. Porque perderá la referencia de cuál es su contribución y acabará olvidando una vez más que las personas vivimos en sociedades, y no en mercados. Y que, por tanto, cuando trabajamos para promover un determinado modelo de empresa lo hacemos, sí, pensando en la empresa, en su especificidad y en su función, porque queremos más y mejores empresas, pero lo hacemos también pensando en la sociedad que estamos construyendo y en la manera que las empresas contribuyen a ello. El tan alabado y citado -con razón- Adam Smith puso como referencia en el título de su libro la riqueza de las naciones, no la riqueza de las empresas. Porque la afirmación y la defensa de las empresas y del mercado no es algo que se sostiene por sí mismo, sino en función del tipo de sociedad que contribuye a construir. Y hoy ya no podemos hablar de las naciones (y también de su riqueza) sin hablar de la sociedad global (y también de su riqueza y de su distribución).

Después de todo, si nos hace falta un debate a fondo sobre el propósito de la empresa no es porque no tengamos ideas sobre la empresa y nos falten, o porque nos guste pasar el rato haciendo seminarios, sino porque estamos ante una encrucijada que afecta a todo el planeta llena de interrogantes. Se puede producir una gran transformación, sin duda, y la aceleración de los cambios que estamos viviendo nos muestra las potencialidades que tenemos a nuestro alcance. Pero esto no es inexorable, sino todo lo contrario. Muchos escenarios que se plantean hoy nos dicen que no podemos descartar una nueva barbarie (o, si lo preferimos, nuevas barbaries). O podemos continuar con el actual incrementalismo intestable, mezcla de miedo al cambio, fascinación por la tecnología, y defensa de los intereses establecidos. Por eso el debate sobre el propósito de la empresa y, por tanto, sobre su modelo de gestión no es un debate simplemente económico, sino un debate público, porque afecta al espacio público que compartimos entre todos.

Así pues, el debate y los planteamientos a que me refiero no se limitan a prácticas empresariales, sino a modelos y proyectos empresariales. La cuestión central, pues, es el proyecto de empresa en y para el que trabajamos, su contribución a las personas ya la sociedad. No estoy mejor en RSE y en sostenibilidad por el solo hecho que haga o no haga esto o aquello (lo que sea: memorias, productos o servicios verdes o sociales, filantropía, conciliación …) sino en función del tipo de empresa en la que me estoy convirtiendo a través de todo -todo- lo que hago. Conviene no olvidar nunca que el principal instrumento para transmitir valores es el presupuesto, porque al final es cuando se establece y clarifica lo que realmente importa. Por ello es fundamental asumir que se puede -y debe- hablar de RSE y de sostenibilidad también cuando se producen situaciones complicadas (ajustes, reorganizaciones, etc.), porque la RSE y la sostenibilidad no son un lujo para cuando las cosas van bien, sino una manera de hacer empresa que se modula -como todo en la empresa- en el difícil equilibrio entre direccionalidad y adecuación a las circunstancias. Al fin y al cabo, siempre he considerado e insistido en que el verdadero sinónimo de RSE es buena gestión… pero, claro, esto requiere que nos aclaramos a cuál de las varias buenas gestiones posibles nos referimos.

Y esto nos lleva más allá de algunos debates estériles sobre terminología. No porque las maneras de hablar no sean importantes, porque lo son: la forma en que hablamos es un buen predictor de lo que hacemos. Lo que son estériles son los debates terminológicos cerrados sobre sí mismos. Porque en el contexto empresarial los términos son adecuados no por su precisión académica sino por su capacidad de reflejar una cultura de empresa. A menudo sostenibilidad funciona como sinónimo de RSE o de ciudadanía. Y eso pasa también en las empresas que lo asumen como un enfoque global, porque siempre se aborda desde acentos diferentes: más a partir de las dimensiones sociales o más a partir de las ambientales. Pero, sea cual sea el nombre que se utilice, lo que marca la diferencia es que de lo que hablan no es de gestionar impactos (sean sociales, sean ambientales) sino de convertir la sostenibilidad y la responsabilidad en una dimensión transversal a la empresa.

Articulo publicado en el blog del profesor Josep Maria Lozano

Por: Josep Maria Lozano

@JosepMLozano

Profesor e investigador senior en RSE

CSR | , , , 2 Comentarios Permalink

Enseñar a emprender

En estos tiempos de crisis y dudas, una palabra ha surgido con fuerza como fuente de esperanza: el emprendimiento. Necesitamos emprendedores que innoven, que creen puestos de trabajo, y que aumenten la competitividad de nuestra economía. Pero ¿cómo animar a nuestro abundante talento a emprender en nuestro país?

Algunos venimos defendiendo desde hace tiempo que necesitamos un ecosistema de apoyo que facilite a los emprendedores su arriesgado camino en áreas tan diversas como la financiación, formación, investigación, asesoría, comunicación, innovación, y contactos y redes. De todas estas funciones hay una que me fascina especialmente en mi rol como profesora de emprendimiento social en ESADE: la formación. La Unión Europea incluye el espíritu emprendedor como una de las ocho competencias clave a desarrollar, y la mayoría de países están tomando cartas en el asunto. La gran pregunta es: ¿Cómo y cuándo enseñamos a emprender? Esta pregunta me ha llevado a recopilar metodologías y modelos educativos innovadores en distintos países que se están mostrando exitosos con distintos públicos. He aquí tres ejemplos paradigmáticos y presentes en España.

VALNALON. José Manuel Pérez “Pericles”, premiado por Ashoka en 2007, ha integrado su modelo de “Cadena de Formación de Emprendedores” en el currículo educativo del sistema formal en Asturias y otras 11 comunidades autónomas. Su sistema de formación comienza con alumnos en los cursos preescolares y sigue hasta su entrada en el mercado laboral con un método que se construye aprovechando los conocimientos adquiridos cada año y que avanza hacia conceptos cada vez más complicados. Desde Valnalon se ofrece además apoyo y formación para supervisar el proceso de maduración y consolidación de los proyectos de negocio mediante una Preincubadora de Proyectos y una Incubadora de Empresas. Desde el inicio más de 20.000 niños y adolescentes han cursado sus asignaturas, 60.000 jóvenes han participado en sus talleres de empresarios, se ha dado formación a cerca de 1.500 profesores y se han creado en España más de 2.000 cooperativas de exportación (600 en Asturias) gestionadas por jóvenes estudiantes de sólo 15 años.

TEAM ACADEMY. Existen múltiples ejemplos de programas de formación de emprendedores a nivel universitario. Uno de los más atrevidos es sin duda Tiimiakatemia, el Centro de Iniciativa Empresarial de Excelencia de la Universidad JAMK de Ciencias Aplicadas de Jyväskylä, Finlandia. En esta universidad sin aulas, profesores ni exámenes, los estudiantes trabajan en grupo para ejecutar sus propias empresas cooperativas y una vez que se han graduado, se embarcan en un viaje alrededor del mundo con el dinero obtenido en sus negocios durante sus estudios. Los estudiantes aprenden así a emprender en equipo, y firman un contrato de aprendizaje consigo mismos, autoevaluándose periódicamente y apoyados por tutores. Tras la graduación, el 91% de los estudiantes tienen trabajo dentro de los 6 meses de su graduación, y el 47% de los estudiantes tienen su propia empresa 2 años después de su graduación. Este modelo se está extendiendo por toda el mundo y se ha lanzado en España a través del primer Grado en Liderazgo Emprendedor e Innovación de la Universidad de Mondragón.

ENTROPIA. Manu Egaña es psicólogo y exalumno de Team Academy Euskadi. Su experiencia le animó a crear ENTROPIA, cuya misión es formar e inspirar a desempleados para que emprendan despertando su vocación interior, fomentando su creatividad y creando grupos de emprendedores que se apoyen mutuamente. Ofrecen sus cursos a través de las mancomunidades de Euskadi, que ven en ellos un alto valor añadido respecto a los tradicionales cursos para parados. Sus distintos módulos buscan despertar inquietudes por emprender, borrar los esquemas clásicos de cómo hacer las cosas, y promover laboratorios de creatividad.

Estos son solamente tres de los muchísimos ejemplos que existen, todos ellos altamente inspiradores. A pesar de sus diferencias, tienen mucho en común. En primer lugar, se centran en inspirar a las personas, ayudándolas a emprender desde su vocación y sus fortalezas, y trabajando la autoconfianza. En segundo lugar se basan en la experimentación, el aprender a partir de hacer, darse el lujo de fracasar, y trabajar la tolerancia al riesgo y la persistencia. En tercer lugar, todos los programas adoptan un enfoque multidisciplinar, integrador y sistémico. Finalmente, todos promueven activamente la responsabilidad, el trabajo en equipo y la generación de valor para la sociedad como base para cualquier emprendimiento, procurando balancear la tensión entre lo individual y lo colectivo, y entre lo privado y lo público.

Éstas son sin duda algunas de las habilidades clave para emprender y que no siempre se transmiten en los sistemas educativos más extendidos. Pero son también extremadamente útiles para cualquier empresa que aspire a trabajar con personas con iniciativa, con capacidad de liderazgo y trabajo en equipo, innovadoras y con un alto grado de responsabilidad. Estos programas están, en realidad, promoviendo un cambio de cultura, y creo firmemente que esa es la cultura que necesitamos, emprendedores, trabajadores y ciudadanos en general, para levantarnos y manejar con éxito el apasionante y convulso siglo que nos ha tocado vivir. Porque solamente entre todos podemos emprender y co-crear nuestro futuro.

Por: Clara Navarro

Consultora en sostenibilidad y colaboradora del Instituto de Innovación Social de ESADE en investigación y docencia sobre empresa, sociedad, sostenibilidad y medio ambiente.

Social Entrepreneurship, Social Innovation | , Deja un comentario Permalink

Cuando la corrupción habla de derechos humanos: la “Bribery Act” británica

Pocos fuera del Reino Unido conocen el contenido y el alcance de la ley británica sobre corrupción (Bribery Act 2010) que entró en vigor en julio del año pasado. Presionado por la OCDE, y tras largos años de informes y tentativas de proyectos de ley, el Parlamento británico aprobó finalmente una ley que permite juzgar, e incluso encarcelar, a los máximos directivos de una empresa británica si se demuestra que no han puesto en marcha los mecanismos necesarios para impedir actividades de soborno por parte de alguno de sus empleados en cualquier país del mundo. Esta ley somete así a las empresas británicas a la obligación de prevenir el posible soborno al que pueda incurrir alguna de sus filiales a escala global con la mayor celeridad y eficacia posible. Según esta ley, una persona será culpable de este delito, si promete, ofrece o da una ventaja económica, o de algún otro tipo, a un funcionario público extranjero, ya sea directamente o a través de un tercero. El hecho de incluir la participación de “terceros” obliga a las empresas a mantener un altísimo nivel de vigilancia y monitoreo del procedimiento para acceder a contratos o licitaciones públicas en los que los niveles de corrupción son per se elevados.

En una Guía publicada a posteriori por el Gobierno británico, ante el aluvión de críticas, se hace hincapié en que las empresas deben poner en marcha procedimientos al más alto nivel a este respecto, contar con el compromiso de la alta dirección, evaluar los riesgos de las operaciones en este sentido, aplicar la diligencia debida, capacitar a sus empleados y, monitorear y revisar sus políticas anti-soborno a escala global. Según esta Guía, toda organización comercial podría estar sujeta a los rigores de la ley si no cuenta con un código de conducta o si su personal no está familiarizado con los riesgos y no recibe la formación adecuada para prevenir su ocurrencia. En este sentido, si una empresa fuera acusada del delito de soborno debería ser capaz de demostrar, para defenderse, que ha puesto en marcha todos los “procedimientos adecuados” para impedirlo.

A tenor de los informes de la organización Transparency International , existe una larga lista de países en los que el soborno y la corrupción es una práctica habitual. Considerado un coste más para algunas empresas que pretenden competir por contratos o licitaciones más o menos legales es, sin embargo, el origen de numerosos abusos a los derechos humanos. Infraestructuras básicas que multiplican sus costes desmesuradamente, servicios de salud a los cuales tan sólo tienen acceso aquellos que pueden costear este sobre-precio o la falta de acceso a bienes de primera necesidad son algunas de sus consecuencias en un gran número de países con un alto coste humano cotidiano.

Sin embargo, esta cuestión ha planteado también la pérdida de competitividad, o, incluso, el abandono de determinados mercados por parte de las empresas británicas: es bien sabido que, en algunos países, el soborno es de obligado cumplimiento para poder pasar a engrosar la lista de posibles proveedores de un producto o servicio. Esto es precisamente lo que ha ocurrido en el mercado de los libros de texto en África que numerosas empresas de edición británicas han abandonado presionadas por el hecho de que el soborno es una práctica indispensable para tener, tan solo, derecho a participar en las distintas licitaciones ofertadas por agencias gubernamentales. Cada vez son más los estudios que vinculan la práctica de la corrupción a los abusos generalizados a los derechos humanos. En este sentido, esta ley, sin duda encomiable y que marca un difícil camino a seguir, podría tener efectos perversos para la inversión británica si no se encara de manera coordinada en un futuro próximo.

Descargar el libro: Buenas prácticas en la lucha contra la corrupción. Empresas multinacionales

Por: Maria Prandi
Investigadora del Instituto de Innovación Social de ESADE

CSR | , , , Deja un comentario Permalink