Sonia Navarro, directora asociada del Instituto de Innovación Social de ESADE
«El teléfono móvil es el instrumento con mayor poder de transformación para el desarrollo» Jeffrey Sachs
La globalización no es un fenómeno nuevo. Es más, empezó mucho antes de las tecnologías de la información. La primera ola de globalización hacia una integración de las economías se inició hace más de un siglo y fue dominada por imperios autocráticos y por el poder de las colonias. En la actualidad, existe una tendencia proveniente de la ciencia política que destaca el desplazamiento de las funciones nacionales de gobernabilidad pública hacia actores privados, tanto en el dominio nacional como en el global. Ejemplo emblemático de este desplazamiento son las instituciones clave del sistema supranacional, como la Organización Mundial del Comercio, y entidades privadas tales como la Cámara de Comercio Internacional (International Chamber of Commerce).
Crear o expandir las oportunidades económicas podría ser correctamente considerado como una responsabilidad de los gobiernos hacia sus ciudadanos. Sin embargo, con los mercados globalizados, varios riesgos y oportunidades ofrecen razones suficientes a las empresas para implicarse en ello. La tendencia ―gracias, en gran parte, a la presión de la sociedad civil― es que the business of business ya no es solo business (en el sentido de generar valor a los accionistas), sino también mejorar la calidad de vida en los lugares donde se opera.
Aunque en los últimos 50 años ha habido una revolución en el crecimiento económico a escala global, alrededor de un 70 % de la población mundial ―sobre unos 4.000 millones de personas, dependiendo de cómo se defina la línea de la pobreza― todavía vive con el equivalente de menos de cuatro dólares por persona al día. A tan solo dos años para llegar al 2015, estamos todavía lejos de cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Las empresas operadoras de telefonía móvil pueden desempeñar un papel muy importante para alcanzar estos objetivos, ya que, en países en vías de desarrollo, las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) ofrecen un gran potencial para encontrar soluciones a problemas que dificultan el crecimiento económico. Algunos de estos obstáculos son el aislamiento geográfico; la falta de competencia, de información y de voz política; los altos precios para los consumidores y los bajos precios para los productores; la exclusión legal, y el bajo capital social.
El mercado de las empresas de telecomunicaciones en los países desarrollados está totalmente saturado, con una ratio de penetración del 128 %. La ratio de penetración de la telefonía móvil es del 96 % a nivel mundial y del 89 % en países en vías de desarrollo. Por lo tanto, las personas con bajos niveles de ingresos son un mercado que no se puede obviar, por dos razones: la primera, porque las empresas, como parte activa de la sociedad, tienen un rol importante en el desarrollo de un mundo más sostenible e inclusivo. La segunda, porque, para seguir creciendo, las empresas han de empezar a ver a las personas en situación de pobreza y de vulnerabilidad ―que, desgraciadamente, son la mayoría en el mundo― como socios y no solo como mercados. Además de orientar los productos hacia ellos, tienen que desarrollarlos de acuerdo con sus necesidades.
Hace algunas semanas presenté, en la Fundación Telefónica en Madrid, la publicación TIC, desarrollo y negocios inclusivos, en la que se ofrece una inteligible introducción sobre el rol de las empresas globalizadas en el marco del desarrollo bajo la perspectiva de los negocios y mercados inclusivos y de conceptos como “la base de la pirámide”. La publicación se ilustra con varios ejemplos de negocios inclusivos en diferentes partes del mundo y presenta los retos y las perspectivas de futuro en la implementación de las TIC para promover la inclusión social, así como una serie de recomendaciones para los diferentes actores. Estos actores son las empresas, los gobiernos y las ONG, principalmente, pero también se habla de los donantes, los organismos de apoyo y otros colectivos, como el sector académico y think tanks que desempeñan un papel clave para mejorar la comprensión de los mercados inclusivos, analizar buenas prácticas y contribuir a una formación adecuada.
Me gustaría destacar los factores que influyen en una incorporación con éxito de la empresa a esquemas formales de desarrollo. Se trata de factores:
1. Institucionales, sobre el rol de los actores y sus cambios.
2. Culturales, del pensamiento de negocios a su desarrollo.
3. Humanos, sobre el tipo de profesional indicado para esas relaciones y acciones.
4. De lucro, sobre cómo interpretarlo (p. ej., empresas sociales).
5. De escala, trasladando acciones puntuales a vectores de desarrollo.
Como decía Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. No existe ningún business case de los negocios inclusivos que se pueda presentar a la alta dirección para demostrar que contribuir al desarrollo de los países donde operan las empresas globalizadas mediante negocios inclusivos es rentable. Cada ejemplo es un mundo. Las empresas se han de “tirar a la piscina” en cierto modo y experimentar un poco para ver cómo pueden contribuir. Para que funcione, hay que demostrar el compromiso con esta orientación de negocio por parte de los líderes de la organización; superar el enfoque top-down; dotar de capacidad a los empleados en la toma de decisiones, para que no estén limitados por las normas y los procedimientos que gobiernan la actividad corporativa; establecer métodos de medición de resultados adaptados a los nuevos mercados, y crear unidades ágiles y flexibles orientadas a servir a las poblaciones con menores ingresos. Estas son algunas de las recomendaciones por parte del Foro Económico Mundial. Los márgenes serán mucho más pequeños, pero el número de clientes potenciales y el impacto en un mundo más equitativo y sostenible, mucho más grandes.
